García Márquez o la literatura como acto de hechicería

García Márquez o la literatura como acto de hechicería

Por Pepe Palacio Coronado

Creó un universo literario genial y tuvo la dicha de contar, en vida, con millones de lectores en todo el mundo. Su imaginación era delirante, su prosa era maravillosa y él era único. García Márquez solía decir que Macondo, el pueblo mítico de su obra literaria, “no es un lugar sino un estado de ánimo”. Tenía razón: quienes entran allí, en sus páginas, en su geografía encantada, no vuelven jamás.

Gabriel José de la Concordia García Márquez nació el 6 marzo de 1927 en Aracataca, Colombia. Era hijo de Gabriel Eligio García Martínez, telegrafista y boticario, oriundo de Sincé, Sucre, y de Luisa Santiaga Márquez Iguarán, nacida en Barrancas, La Guajira. De esta unión nacieron once hijos: Gabriel, Luis Enrique, Manuel, Margot, Aida Rosa, Ligia, Eligio Gabriel, Alfredo Ricardo, Gustavo, Jaime y Hernando.

La inspiración para los personajes de las historias de Gabo o Gabito, como le llamaban sus allegados, se remonta a la niñez y a las historias que su abuela materna, Tranquilina Iguarán, le contaba, así como al legado de su abuelo, Nicolás Ricardo Márquez Mejía, quien participó en la Guerra de los Mil Días. El joven Gabriel vivió mucho tiempo con ellos debido a que sus padres, empeñados en encontrar mejores oportunidades, se mudaron para Barranquilla. Allí estuvieron de 1929 a 1934. En 1936 la familia García Márquez se instaló en Sincé, Sucre. Gabo estudió hasta Primero de primaria en la Escuela Montessori, y luego continuó sus estudios en la Escuela Pública de Sucre.

En 1940 la familia emigró hacia Barranquilla. Gabito ingresó al colegio jesuita San José, finalizó el ciclo de educación básica y cursó dos años de bachillerato. Se destacó por ser un buen estudiante. En esa época comenzó la lectura de poemas colombianos y publicó los suyos en la revista Juventud de su plantel. Luego viajó a Bogotá con la idea de conseguir una beca en el Colegio Mayor de San Bartolomé, pero no encontró cupo. En el Ministerio de Educación se topó con Adolfo Gómez Támara, jefe de becas del Ministerio, a quien había conocido en el barco durante el viaje hacia la capital. Gómez gestionó la beca y Gabriel García Márquez obtuvo un cupo en el Liceo Nacional de Varones de Zipaquirá. En ese entonces era el colegio nacional más importante del país. Allí estuvo interno y completó los últimos tres años de bachillerato (1946). Sus primeros escritos en el periódico del colegio los firmó bajo el seudónimo de Javier Garcés. Aprovechaba los días de descanso en el internado para devorar los libros que había en la biblioteca, pues no conocía a nadie en el pueblo. En ese periodo conoció a los poetas del Siglo de Oro español y se fue convirtiendo, gracias a sus lecturas febriles, en un animal literario.

Bogotá, el peso de la soledad

En 1944, García Márquez publicó el poema “Canción”. Dicho poema apareció en el suplemento literario de El Tiempo. Gabo se matriculó en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional en 1947. Allí tuvo como profesor, nada más y nada menos, a Alfonso López Michelsen, destacado político que años más tarde sería Presidente de la República. Uno de sus compañeros de estudio fue Camilo Torres, quien más adelante empuñaría el fusil y se convertiría en uno de los fundadores del grupo guerrillero Ejército de Liberación Nacional. Ese mismo año el editor del suplemento literario de El Espectador, Eduardo Zalamea Borda, publicó el cuento “La tercera resignación”, de García Márquez, y, en la nota de presentación, dijo rin rodeos que acababa de nacer un gran narrador. El tiempo le daría la razón. Tan grande fue el entusiasmo de Zalamea que, poco después, volvió a publicar un cuento de García Márquez: “Eva está dentro de su gato”.

En aquel momento García Márquez vivía en un inquilinato de la Calle Florián. Su distracción los domingos era leer a bordo de un tranvía que recorría la ciudad de sur a norte.

Plinio Apuleyo Mendoza recordó así, en su libro “La llama y el hielo”, al García Márquez de aquella época:

Para defenderse de aquel mundo de hombres sombríos del altiplano andino, de “cachacos” de modales almidonados, que lo miraban con risueño desdén, el caso perdido afirmaba su desenvoltura de costeño. Entraba en los cafés, saludaba con voz fuerte, se sentaba en una mesa sin pedirle permiso a nadie y, si podía, intentaba concertar una cita nocturna con la camarera.

En 1948, la muerte del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán desató una ola de violencia conocida como El Bogotazo. Por esta razón la Universidad Nacional suspendió actividades y García Márquez tuvo que continuar sus estudios de Derecho en la Universidad de Cartagena. En esa ciudad, gracias al escritor e investigador cultural Manuel Zapata Olivella, trabajó en El Universal. Su columna se llamaba “Punto y Aparte”.

En 1950 abandonó la carrera de Derecho y se vinculó a El Heraldo de Barranquilla. Allí bautizó su columna diaria con el nombre de “Jirafa”, en honor a Mercedes Barcha, el amor de su vida. Las firmaba con el seudónimo de Septimus, inspirado en la obra La señora Dalloway, de Virginia Woolf, para evitar la persecución del gobierno del general Gustavo Rojas Pinilla.

Durante esta etapa surgió su interés por la música vallenata. Así narró esta experiencia significativa:

Otro problema es un proceso de culturización que es elemental y que se enriquece, por supuesto, con los viajes y con el conocimiento de otros mundos y de otras personas. Pero los elementos básicos de las cosas que yo escribo los tenía a los 10 o 12 años en la Costa, y la influencia del vallenato, no hay ninguna duda, toda la influencia de la cultura popular Caribe, la tengo yo desde mis primeros años. Yo creo inclusive que es al revés, son la escuela y la universidad las que tienden a tergiversar y a desvalorizar, a devaluar, esos signos de la cultura popular.

En esa ciudad formó parte del célebre Grupo de Barranquilla, liderado por el librero catalán Ramón Vinyes y el escritor José Félix Fuenmayor. Esta colectividad estaba conformada por intelectuales de diversos ámbitos que procuraban mantenerse al tanto de las tendencias universales y que tenían ambiciones personales claramente definidas. Entre sus integrantes estaban los escritores Álvaro Cepeda Samudio y Alfonso Fuenmayor, el periodista Germán Vargas Cantillo y los pintores Alejandro Obregón y Cecilia Porras. Se reunían en el bar La Cueva de Eduardo Vilá —dentista, cazador y primo de Alfonso Fuenmayor— a conversar sobre literatura, pintura, periodismo y cine. Además, compartían libros, impresiones sobre las lecturas del momento, e iban a la vanguardia en los temas que marcaban la agenda cultural.

Aquellos intelectuales solían reunirse en un bar denominado La Cueva. El lema de ese sitio era bastante sugestivo: “aquí nadie tiene la razón”. García Márquez ha dicho que la interacción con aquel grupo de amigos ensanchó su horizonte: lo puso en contacto con referentes importantes que lo nutrieron en su formación como novelista. En 2014 la revista Cromos publicó un texto en el que Gabo decía estas palabras sobre el Grupo de Barranquilla:

La parte más importante de mi vida fue la que pasé con ustedes. A mí se me abrieron muchas ventanas. Yo, de todos modos, hubiera sido un escritor porque esa era mi vocación, pero sin ustedes otra dirección hubiera tomado. Sin Barranquilla no hubiera sido premio Nobel.

Durante esa época, García Márquez conoció diferentes personajes del ámbito artístico y siguió cultivando su escritura. Ayudó a fundar la revista Crónica, proyecto del Grupo de Barranquilla. Antes, cuando aún vivía en Cartagena, había fundado en compañía del linotipista Guillermo “El Mago” Dávila un periódico singular: “El Comprimido”.

En 1952 El Heraldo publicó, con el título de “El invierno”, un capítulo de su novela La Hojarasca. En 1953 fue colaborador de El Nacional, dirigido por Álvaro Cepeda Samudio. En 1954 viajó de nuevo a Bogotá para trabajar en El Espectador, gracias a Álvaro Mutis, a quien conoció por intermedio de Gonzalo Mallarino. A pesar de ser dos personas tan diferentes en sus personalidades, en sus maneras de ver la política y en sus búsquedas literarias, García Márquez y Mutis trabaron una gran amistad. Esto se debió a que se quisieron con generosidad y supieron poner su relación por encima de las rencillas y envidias que son tan comunes en el mundo de los escritores. Tan amigos eran que Mutis escribió el famoso “Brindis por la poesía”, que Gabo leyó en una de las cenas programadas por la fundación que otorga el Premio Nobel.

En El Espectador García Márquez ejerció como reportero y redactó comentarios de cine, hecho que lo convirtió en el primer columnista sobre la materia en Colombia. También se destacó por el reportaje “Relato de un náufrago”, publicado en catorce capítulos, a razón de uno diario. El protagonista de esta historia era el marinero colombiano Luis Alejandro Sepúlveda, víctima de un naufragio en alta mar, a bordo del destructor Caldas. Con el cuento “Un día después del sábado” ganó el Premio de la Asociación de Escritores y Artistas de Colombia (1954). Ese año, el 8 de mayo, ocurrió una matanza estudiantil en la marcha de repudio por el asesinato del estudiante de Medicina Uriel Gutiérrez Restrepo. Este hecho influyó en la visión política del joven periodista.

Lejos del Caribe

En 1955 Gabo publicó su primera novela, La Hojarasca,que había sido rechazada por la editorial Losada de Argentina. Durante ese año fue enviado a Ginebra por El Espectador para cubrir la conferencia de los Cuatro Grandes. Además, la revista Mito publicó su monólogo “Isabel viendo llover en Macondo”.

Aprovechó su estadía en Europa para viajar a Roma y así cumplir uno de sus sueños: estudiar en el Centro Experimental de Cine. De esta experiencia resultó decepcionado, ya que en las clases primó el academicismo, y él solamente quería aprender a contar historias.

En 1956 se dirigió a París, lugar en el cual se enteró de que Gustavo Rojas Pinilla había clausurado el periódico en el que trabajaba. Esta situación lo dejó sin salario y sin pasaje de regreso. Durante su permanencia en Francia vivió en el Hotel de Flandre, cuya dueña, la señora Lacroix, soportó con paciencia su retraso en los pagos. En medio de esas circunstancias conoció a Taschia Quintana, actriz española, con la que vivió un romance de nueve meses. Ambos sobrevivieron gracias al empleo de ella. En ese tiempo comenzó a escribir la novela El coronel no tiene quien le escriba, que se publicó en Colombia (1961). Es una novela breve sobre un veterano de guerra que espera, infructuosamente, su pensión. En el momento en que se publicó fue considerada como lo mejor del autor. Con esta novela García Márquez dejó claro que estaba para grandes cosas, y así lo vaticinaron los críticos. El estilo visual de la novela llamó la atención de los lectores. El propio García Márquez dijo entonces que ese estilo era una consecuencia de la obsesión que tenía con el cine. Por cierto, Gabo considera que su relación con el cine es similar a la que tienen los miembros de un mal matrimonio: no pueden vivir juntos ni separados.

Llegado 1957, viajó por diferentes países de Europa. Entre otros, la República Democrática Alemana, Checoslovaquia y la Unión Soviética. De este periplo surgieron las crónicas “90 días en la Cortina de Hierro”, publicadas en revistas como Momento de Venezuela y Cromos de Colombia (1959). Luego aparecieron compiladas bajo el título De viaje por los países socialistas (1978).

En 1958 regresó a Colombia y se casó con Mercedes Raquel Barcha Pardo. El matrimonio se llevó a cabo el 21 de marzo, en la iglesia del Perpetuo Socorro de Barranquilla. La conoció en Sucre cuando ella tenía 13 años. Se reencontraron a principios de los años cincuenta en Barranquilla y se hicieron novios antes de que García Márquez viajara a Europa enviado por El Espectador. A partir de allí comenzaron a comunicarse por correspondencia. De esta unión nacieron dos hijos, Rodrigo y Gonzalo. El primero de los dos fue bautizado por Camilo Torres, condiscípulo de García Márquez.

En enero de ese año Gabo y Fidel Castro se conocieron. García Márquez había llegado a Cuba como periodista para cubrir el triunfo de la Revolución. Fue uno de los fundadores de la agencia cubana de noticias Prensa Latina. Dicha agencia lo destacó como reportero en sus oficinas de Bogotá y Nueva York.

La familia García Barcha se instaló en México D.F. (1961). Ese año, el manuscrito de La mala hora ganó el Premio Literario Esso, cuyo monto fue de 3.000 dólares. En México fortaleció la amistad con las parejas Álvaro Mutis y Carmen Miracle y Jomí García Ascot y María Luisa Elío. Además, trabajó en publicidad con Mutis. Después conoció a Manuel Barbachano, productor y escritor mexicano, quien le propuso trabajar en un guion para llevar a la pantalla grande “El gallo de oro”, un cuento de Juan Rulfo. El libreto tuvo buena acogida, pero le faltaba el acentomexicano. Esta misión le fue encomendada el escritor Carlos Fuentes. El relato de García Márquez “En este pueblo no hay ladrones” también fue llevado al cine, y Gabo participó como actor, interpretando a un taquillero de cine. Además, actuaron: Luis Buñuel, Juan Rulfo, Carlos Monsiváis y José Luis Cuevas. En 1962 la Universidad Veracruzana publicó su libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande.

En 1965, mientras iba hacia Acapulco a pasar unas vacaciones con su familia, sintió que se le acababa de ocurrir una forma de escribir la novela que siempre había soñado. Entonces, sencillamente, se devolvió con el fin de encerrarse a escribir. Tomó sus ahorros ––cinco mil dólares de la época–– y se los entregó a su esposa. Además, vendió el vehículo. La idea era que ella estirara el dinero hasta donde fuera posible mientras él llevaba a cabo su proyecto. El caso es que ella le mintió, porque la plata se acabó muy pronto. Para que él no se preocupara, le decía que todavía había dinero, y en realidad lo que estaba haciendo era pedir fiado y toreando las deudas. Tanto se apretó la situación que, para enviar a la editorial el manuscrito del libro que estuvo escribiendo durante el encierro, tuvo que empeñar algunas pertenencias. Ese libro era, nada más y nada menos, Cien años de soledad, una obra maestra que le cambió la vida.

Durante este trabajo de escritura, la música fue fundamental. Escuchaba a The Beatles (A Hard Day’s Night), Rachmaninoff y Debussy. En 1966 las revistas Eco (Bogotá), Amaru (Lima) y Nuevo Mundo (París) publicaron fragmentos de esta novela. La editorial Sudamericana, de Francisco Porrúa, de Buenos Aires, editó Cien años de soledad en 1967. Esta obra vendió 30 millones de ejemplares y fue traducida a 33 idiomas.Gracias al éxito de su libro insignia, la familia García Barcha emigró a Barcelona. Allá, Gabo estrechó la amistad con Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar. José Donoso, en Historia personal del “boom”, citado por El país en 2014, afirmó que “el boom latinoamericano se universalizó con este hecho”.

En 1969 la Universidad de Columbia, en Nueva York, le concedió al escritor colombiano el título de doctor honoris causa en Letras. Al año siguiente García Márquez empezó a escribir El otoño del patriarca y publicó, por primera vez en forma de libro, su famoso reportaje Relato de un náufrago.

En 1972 su obra cumbre fue ganadora del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos. Gabo donó los 100.000 bolívares del galardón al Movimiento al Socialismo (MAS), grupo político venezolano liderado por el economista y exguerrillero Teodoro Petkoff. Ese año se publicó La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada.

En 1973 García Márquez obtuvo el Premio Books Abroad-Neusdadt de la Universidad de Oklahoma y no encontró una institución defensora de los derechos humanos en Colombia a la cual donar el dinero. El activismo político seguía formando parte de su agenda. Ese mismo año, gracias al dinero del premio, participó en la creación del Comité de Presos Políticos en Colombia junto a importantes organizaciones y prestigiosos intelectuales, como la Federación Colombiana de Educadores (Fecode), la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (Anuc), la Unión Sindical Obrera (USO), el sindicato de trabajadores del Banco popular, los periodistas Enrique Santos Calderón y Hernando Corral, el sacerdote Diego Arango Ruiz, la pintora Nirma Zárate y el arquitecto Jorge Villegas. En la actualidad, dicha institución continúa visitando las cárceles del país y brinda apoyo a los detenidos.

En 1974 publicó varios de sus cuentos bajo el título Ojos de perro azul, y un año más tarde, la novela El otoño del patriarca. Para escribir esta última tuvo que volver al Caribe, pues sentía una especie de estancamiento que solo sería superado si se metía de lleno en el ambiente del Caribe. La novela, como se sabe, cuenta la historia de un dictador caribeño en su ocaso. García Márquez no conseguía que en las páginas del libro se percibieran el calor del trópico y el olor de las algas. Necesitaba, según él, sentir de nuevo el olor de la guayaba. Y eso fue lo que hizo: instalarse en el Caribe para que el libro tuviera esa conexión esencial con las raíces.

Para esta época su compromiso político con la causa latinoamericana continúa firme. Participó en la celebración por el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional en Nicaragua (1980), al que asistieron Tomás Borge, Daniel Ortega, Fidel Castro, Yasser Arafat, entre otros. Además, vivió, alternativamente, entre Colombia y México. En 1981 le impusieron la medalla de la Legión de Honor del Gobierno francés en el grado de Comendador y asistió a la investidura del presidente François Mitterrand. En marzo viajó de regreso a México, durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala, ya que por sus constantes viajes a Cuba lo consideraban sospechoso de colaborar con el Movimiento 19 de abril (M-19). Además, hubo un desembarco de guerrilleros al sur de Colombia y, arbitrariamente, se creyó que también estaba involucrado en esto. Amigos cercanos al escritor aseguraron que querían arrestarlo. Tal información fue la que apresuró la decisión de exiliarse. En el portal las2orillas (2014) se reprodujo la columna que Gabo publicó en El País de España una semana después de ese incidente, en el que menciona las hipótesis que rondaron su destierro:

Distintos funcionarios, en todos los tonos y en todas las formas, han coincidido en dos cargos concretos. El primero es que me fui de Colombia para darle una mayor resonancia publicitaria a mi próximo libro. El segundo es que lo hice en apoyo de una campaña internacional para desprestigiar al país. Ambas acusaciones son tan frívolas, además de contradictorias, que uno se pregunta escandalizado si de veras habrá alguien con dos dedos de frente en el timón de nuestros destinos.

El libro que mencionó Gabo es Crónica de una muerte anunciada. También se editó, ese año de su partida a México, el cuento “El rastro de tu sangre en la nieve” en El Espectador.

El Nobel

En 1982, cuando apenas tenía cincuenta y cinco años, fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Ha sido uno de los escritores más jóvenes en recibir esta distinción. El gobierno de Belisario Betancur envió una delegación conformada por artistas y músicos para que lo acompañaran a la gala en Estocolmo. En diciembre de ese año, el día de la premiación, lució un liquiliqui blanco traje de gala de los Llanos Orientales colombianos para rendir homenaje a su abuelo materno. Al día siguiente de la premiación, vistió por primera vez en su vida un frac. Llevaba una rosa amarilla para, según él, conjurar la mala suerte. Ese año el Gobierno de México le concedió el Águila Azteca y Cuba le otorgó la Orden Félix Varela. Este es el último pasaje de su discurso al recibir el galardón:

No obstante los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parece haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a tres mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

En 1985 le fue concedido el Premio cuarenta años del Círculo de Periodistas de Bogotá (CPB) y se imprimió la novela El amor en los tiempos del cólera, inspirada en sus padres. Su interés por el cine nunca se extinguió. Participó en la creación de la Fundación del Nuevo Cine Latinoamericano y de la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños de Cuba (1986), junto con el argentino Fernando Birri y el cubano Julio García. Otras de sus obras son las novelas El general en su laberinto (1989), Del amor y otros demonios (1994) y Memorias de mis putas tristes (2004); los reportajes Conversaciones con Plinio Apuleyo Mendoza. El olor de la guayaba (1982), Noticia de un secuestro (1996) y Obra periodística completa (1999); el cuento Doce cuentos peregrinos (1992) y el primer tomo de sus memorias Vivir para contarla (2002). Fue nombrado miembro honorario del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá, en 1993.

El viaje hacia la inmortalidad

Por complicaciones de salud, debidas al cáncer linfático que venía sufriendo desde 1999, Gabriel García Márquez falleció el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México. En esta ciudad, que fue su último lugar de residencia, se le rindió homenaje póstumo el día 21 (siguiendo los deseos de su familia) en el Palacio de Bellas Artes. El 22 de abril se hizo una ceremonia en la Catedral Primada de Colombia, presidida por el presidente Juan Manuel Santos. También estuvieron presentes la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia (que interpretó el “Réquiem” de Mozart), acompañada por la Sociedad Coral Santa Cecilia y el bajo-barítono colombiano Valeriano Lanchas. El evento fue transmitido por la Señal Institucional de televisión y radio, y hubo pantallas gigantes ubicadas en la Plaza de Bolívar.

El reconocimiento a la obra del colombiano va más allá de los homenajes formales y se instala en la cotidianidad del mundo. Músicos de diferentes géneros y nacionalidades reconocen en García Márquez una influencia para su arte. Tal es el caso de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat, que citan a Gabo en su canción “Después de los despueses”. Juan Peña, El Lebrijano, compuso un álbum dedicado a la influencia del escritor colombiano llamado Cuando Lebrijano canta se moja el agua (2008). En esa producción musical hay fragmentos de La cándida Eréndira, “Isabel viendo llover en Macondo” y “El rastro de tu sangre en la nieve”, autorizados por Carmen Balcells. Rubén Blades, en el disco Agua de luna (1987), bautizó a una de sus canciones “Ojos de perro azul”, igual que el cuento de autoría del cataquero. Silvio Rodríguez condensó en la canción “San Petersburgo” aquel encuentro con el colombiano en un avión donde ambos eran los únicos pasajeros. Incluso, músicos de otras latitudes y que componen en idiomas diferentes, admiten el valor de la obra del escritor, tal y como lo describió El Tiempo en 2014:

Ese impacto en la música llegó aún más allá de la lengua española. Por ejemplo, empapó a músicos de jazz como Brill Frisell, quien en 1988, en su aclamado álbum Lookout for Hope, del sello ECM, dio vida al personaje de Remedios la bella en uno de sus temas.

Dejando huella en la música italiana, el compositor Fabrizio de André creó una estampa de Aureliano Buendía en la canción “Sally” (1978).

Sin ir muy lejos en el tiempo, Alex Turner, líder de la banda británica de rock Arctic Monkeys, reconoció hace pocas semanas en una entrevista que su álbum AM fue influido casi en su totalidad por el universo literario del escritor: “La mayoría de las canciones describen escenarios que se sienten como un cuadro surrealista”, sostiene el cantante.

García Márquez ha sido, junto al argentino Jorge Luis Borges, el escritor en lengua castellana más influyente de nuestra era. Ha inspirado tesis de grado, documentales, ensayos valorativos, películas. Hay dos biografías notables sobre él: “Gabriel García Márquez, una vida”, escrita por el inglés Gerald Martin, y “García Márquez, el viaje a la semilla”, escrita por el colombiano Dasso Saldívar.

Su obra portentosa, tan bellamente escrita como original, puede considerarse clásica, es decir, una de esas que sobrevivirá al paso del tiempo.